Ficha técnica

Título: 1688. La primera revolución moderna | Autor: Steve Pincus | Editorial: Acantilado | Colección: El Acantilado, 273 | Traducción: Agustina Luengo | ISBN: 978-84-15689-55-3 | Encuadernación: Rústica cosida | Formato: 13 x 21 cm | Páginas: 1216 | Precio: 49.00 euros

1688. La primera revolución moderna

ACANTILADO

 

Durante tres centurias, los académicos y los intelectuales han identificado la Revolución Gloriosa de Inglaterra, de 1688-1689, únicamente como un momento crucial en la excepcional historia de Inglaterra, asociándola a los orígenes del liberalismo. El viejo relato enfatiza la revolución de 1688-1689 como un gran momento en el cual los ingleses defendieron su particular forma de vida, de manera incruenta y consensuada. La idea que propone Steve Pincus en este libro es que los revolucionarios ingleses crearon, por medio de una revolución-la primera y auténtica revolución moderna por encima de la francesa-mucho más sangrienta de lo que se creía hasta ahora, un nuevo tipo de Estado moderno, que habría supuesto un auténtico antes y después en la historia de Europa y en la conformación del mundo moderno tal como lo conocemos hoy.

En la versión tradicional de la Revolución Gloriosa, el pueblo inglés, guiado por sus líderes naturales en las dos Cámaras del Parlamento, cambió del modo más sutil el Estado inglés en 1688-1689. Alteraron ligeramente la sucesión, hicieron que fuese ilegal que un católico heredase el trono y aprobaron la ley de Tolerancia, permitiendo a los disidentes protestantes practicar su culto libremente. La tesis de Macaulay, que se convirtió en la exposición clásica de la interpretación whig de la revolución de 1688-1689, reunía ciertos aspectos distintivos. En primer lugar, la revolución fue no revolucionaria (durante el período revolucionario y por todo el país, hombres y mujeres se amenazaban entre sí, destrozaban sus propiedades y se mataban y mutilaban los unos a los otros). En segundo lugar, la revolución fue protestante. En tercer lugar, la revolución puso en evidencia la naturaleza fundamentalmente excepcional del carácter nacional inglés. En cuarto lugar, no hubo reivindicaciones sociales en la base de la revolución de 1688-1689.

El presente libro cuestiona todos los elementos de esta arraigada versión. Sostengo que la revolución inglesa de 1688-1689 fue la primera revolución moderna. Llegué a esta conclusión tras más de una década de investigación en archivos de Norteamérica, del Reino Unido y del resto de Europa. La revolución de 1688-1689 es importante no porque reafirmara el excepcional carácter nacional inglés, sino porque constituyó un hito en la emergencia del Estado moderno. Pero el cambio económico y social no hizo que la revolución de 1688-1689 fuera inevitable. Jacobo II [rey de Inglaterra entre 1685 y 1688], profundamente influenciado por la particular rama del catolicismo que él practicaba y por el exitoso modelo político de su primo, Luis XIV de Francia, procuró desarrollar un Estado absolutista moderno. Llegaron pronto a la conclusión de que un centralizado imperio territorial y de ultramar, con bases en la India, en Norteamérica y en las Indias Occidentales, constituía un puntal esencial. Jacobo reunió recursos disponibles desde hacía poco e ideó planes para un imperio mucho mayor, a fin de crear un Estado católico y moderno.

Los revolucionarios imaginaron que Inglaterra sería más poderosa si alentaba la participación política más que el absolutismo, si se mostraba más tolerante con las religiones y menos tendente a catolizar, y si se dedicaba a promover la industria inglesa en vez de a mantener un imperio basado en la posesión de tierras. Fue precisamente porque Jacobo había sido capaz de crear un Estado tan poderoso por lo que muchos de sus oponentes se dieron cuenta de que sólo era posible oponerse a él con violencia y de que sólo una transformación revolucionaria lograría impedir que un futuro monarca inglés recrease su moderno Estado absolutista. Aquellos que derrocaron a Jacobo II en 1688 y dieron forma al nuevo régimen en la década siguiente fueron, necesariamente, revolucionarios.

Ni la Inglaterra de la modernidad temprana llegó a su fin en 1688, ni la Inglaterra moderna comenzó a partir de entonces. Sin embargo, sería justo decir que el carácter de las relaciones entre el Estado inglés y la sociedad se transformó de manera fundamental. Pero no rechazaron el Estado, sino que crearon un Estado intrusista en muchos sentidos y promovieron una sociedad tolerante en cuestiones de religión. Si bien la Revolución Gloriosa constituyó un momento crucial en el desarrollo del liberalismo moderno, dicho liberalismo no fue hostil al Estado. En mi opinión, la Revolución Gloriosa no fue el triunfo de un grupo de modernizadores sobre los defensores de la sociedad tradicional. No señalo que la modernización del Estado implique necesariamente una ruptura completa y total con el pasado en la vida intelectual, religiosa o social.

¿Qué quiero decir, pues, con «la emergencia de un Estado moderno»? Me refiero a dos tipos de cambios interrelacionados. Aludo, primero, a una serie de innovaciones socioestructurales en el arte de gobernar. En segundo lugar, aludo al hecho de que un Estado moderno implica una ruptura ideológica con el pasado. Mientras que la magistral versión de Macaulay se centra en acontecimientos ingleses, en reacciones de la comunidad protestante y en actores de la elite, la mía añade a eso un contexto europeo, la perspectiva ideológica católica de Jacobo II y su entorno, la política popular y cuestiones de economía política. Estos elementos adicionales permiten ver que las causas de la revolución de 1688-1689 eran antiguas y sus consecuencias para Inglaterra y el resto del mundo se dejaron sentir a largo plazo. Fue, de hecho, la primera revolución moderna.

 

 

Introducción

La Revolución Gloriosa de Inglaterra, de 1688-1689, ocupa un lugar especial en nuestra comprensión del mundo moderno y de las revoluciones que intervinieron en su conformación. Durante tres centurias, los académicos y los intelectuales públicos identificaron la revolución inglesa de 1688- 1689 como un momento crucial en la excepcional historia de Inglaterra. Los filósofos políticos la han asociado a los orígenes del liberalismo. Los sociólogos la han comparado con la Revolución francesa, la rusa y la china. Los historiadores han señalado que la revolución confirma la excepcional naturaleza del Estado inglés. Los estudiosos de la literatura y de la cultura destacan la revolución de 1688-1689 como un importante momento en la definición del sentido común y la moderación ingleses. Todas estas interpretaciones obtienen su fuerza de un relato de la revolución inglesa de 1688- 1689 profundamente arraigado y muy difundido. Por desgracia, dicho relato es erróneo. Sustituir ese relato histórico por uno nuevo necesariamente nos obligará a revisar muchas de las categorías básicas—históricas, políticas, morales y sociológicas— que utilizamos para entender el mundo moderno. Este libro tiene por objeto explicar en qué aspectos resulta errónea esta perspectiva tradicional, así como los motivos por los cuales dicha visión ha tenido tanta aceptación durante mucho tiempo. El viejo relato enfatiza la revolución de 1688-1689 como un gran momento en el cual los ingleses defendieron su particular forma de vida. La idea que propongo en este libro es que los revolucionarios ingleses crearon un nuevo tipo de Estado moderno. Fue ese nuevo Estado el que demostró ejercer tanta influencia en la conformación del mundo moderno. 

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